domingo, 10 de enero de 2010

Las cascadas del Uzud

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Una vez cumplida la tarea de mover los viejos molinos, las aguas del Uzud se precipitan, cayendo raudas y libremente por un desnivel calcáreo de más de cien metros de profundidad. Desde arriba, desde donde están los molinos, el agua desaparece rápidamente bajo nuestros pies, mientras que una nube de finísimas gotas sube aureolada por los colores de múltiples arco iris. El ruido llega sordo y lejano, como proviniendo del centro de la tierra, y las piernas tiemblan porque el sitio es peligroso y porque a nadie se le ocurrió poner un pequeño quitamiedos.
A pesar de estar en plena montaña, los termómetros rondan los cuarenta grados. Bajo este sol, sudorosos, nos acercamos a la autocaravana: es la hora de comer.



Una vez alimentados, cuando en España es la hora de la siesta, retornamos a la zona de la cascada, ahora con el propósito de bajar hasta el fondo de la depresión, donde las aguas chocan con estruendo. Un camino zigzagueante y polvoriento va descendiendo la ladera dejando en cada recodo pequeños tenderetes de refrescos, de comidas, o de recuerdos. Aquí y allí, tiendas de camping se instalan libremente, a veces al lado de un pequeño puesto de comida que expone, orgulloso, la señal de camping. Un pequeño arroyuelo de escasas aguas, que va recorriendo los distintos puestos alimenticios, es aprovechado para introducir en él las botellas de bebidas con la esperanza vana de que se enfríen. A veces, los dueños de las tiendas aprovechan el arroyo para regar el sendero y evitar, al menos durante un rato, tanta polvareda. Luego, las aguas sobrantes del riego retornan embarradas a su cauce para, tal vez, ser usadas más abajo en la confección de un suculento guiso.

A mitad del gran desnivel el chorro de la cascada choca violentamente con una roca a la que los más atrevidos e imprudentes acceden para sentir sobre su piel el impacto salvaje de las aguas salpicadas (el acceso hasta el chorro principal es imposible). Luego, en una segunda caída, llega hasta el fondo, hasta el estanque natural donde morenos jóvenes nadan desafiando el peligro. Los más osados escalan los farallones laterales desde los cuales, a más de veinte metros de alto, saltan temerariamente sobre la rocosa piscina natural, arriesgándose a fallar el salto y caer sobre una zona de insuficiente profundidad.

Luego, cuando la tarde avanza y la noche cae, los bosques y acantilados cobran nueva vida. Decenas de pequeños monos del Atlas salen de sus escondrijos y se pasean entre este paisaje boscoso de grandiosa belleza.



En conjunto, la cascada es impresionante, y lo sería más si no fuera porque en esta época del año la cantidad de agua es algo reducida, pero, aun así, vale la pena.

Dado que la noche se nos hecha encima y, vista la buena experiencia de nuestra acampada libre en el anterior paso por el Atlas, pensamos que nada mejor que repetir. Nuevamente colocamos nuestras caravanas en círculo para protegernos de los "indios", que en esta ocasión no pasaron de ser ovejas, y, ¡a dormir!

sábado, 19 de diciembre de 2009

El Uzud y sus molinos

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Las cataratas del Uzud en agosto

Es casi mediodía cuando llegamos al valle del Uzud. Buscamos desesperadamente una sombra en donde aparcar pero el objetivo no es fácil. Muchos optan por dejar el vehículo al sol mientras, los menos, optamos por alejarnos de la zona, adentrándonos en el valle hasta conseguir una sombra que, si no completa, al menos alivia. Un camino polvoriento nos comunica con el resto del grupo, en las proximidades de la gran cascada.

En la parte alta de la cascada, las aguas del ued Uzud son desviadas por estrechas acequias y conducidas a pequeños rápidos. Allí, viejos molinos, en el interior de reducidas cabañas, cumplen todavía su noble función de triturar el grano basándose en técnicas antiquísimas.



Una espuerta, suspendida del techo por cuatro cuerdas, con una salida por su parte inferior, vierte el grano sobre un estrecho conducto de madera que, agitado por el roce con la áspera superficie de la muela, va dejando caer el grano poco a poco. La muela, de eje vertical, va expulsando hacia el exterior la harina ya molida gracias a las acanaladuras gravadas helicoidalmente en la piedra giratoria, harina que se va amontonando alrededor del conjunto y que será luego recogida manualmente. Tal vez el sistema sea antiguo y poco eficaz (no más de doce kilos de harina al día) pero su tipismo provoca nostalgia por unos tiempos, ya pasados, nostalgia que quedará gravada en mi memoria... ¡Pequeños y bellos molinos del Uzud, fósiles de una época ya muerta!

domingo, 13 de diciembre de 2009

La cara Norte del Atlas

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Son las nueve de la mañana (hora marroquí, hora solar) cuando abandonamos Marraquech con dirección Este, para recorrer parte de la cara Norte del Atlas. Pasados unos pocos kilómetros, nos detenemos en una estación de servicio para completar el aprovisionamiento, llenar los tanques de combustible y revisar las presiones de los neumáticos. Luego, por la carretera de Beni Mellal, buena pero con mucho tráfico, llegamos hasta Tamelelt-el-Kdima donde la abandonamos para tomar la que ha de llevarnos hacia Demnate, en pleno Atlas.

Las mujeres de esta ciudad son muy bellas y muy blancas. Y, siempre que pueden, conceden sus favores a los extranjeros, sin que luego se sepa nada de ello... 
León el Africano

Imi N'Ifri: Más allá de Demnate, la carretera se va convirtiendo en una estrecha pista de montaña que serpentea hacia los últimos duares del Atlas. Seguimos esta pista durante unos seis kilómetros hasta que aparcamos en la explanada que antecede a un pequeño e intranscendente restaurante. Al su lado, el impetuoso torrente Mahser cruza la carretera bajo un gran puente natural, que él mismo horadó en la roca caliza, y sobre el que hemos aparcado nuestro vehículo.

Por un sendero zigzaguante descendemos al profundo barranco y, ya a orillas del río, lo seguimos bajo una inmensa bóveda llena de estalactitas que recuerdan las mucarnas de los techos saadíes. El sendero que cruza bajo el puente es difícil de seguir, siendo necesario saltar de roca en roca para evitar el torrente, pero el esfuerzo merece la pena. Bajo esta grandiosa mezquita natural, miles de cuervos negros cruzan el aire en lo que parecen arriesgados ejercicios acrobáticos. En los charcos que se forman delante de pequeñas cuevas, parece que toman baños nocturnos las mujeres de pueblos cercanos en busca de un poco de baraca.

El retorno, por el empinado sendero que sube hasta el puente, nos hace sudar lo indecible, pero nuestro camino ha de continuar por estas carreteras llenas de niños, como todas las marroquíes, hasta el siguiente destino.

martes, 10 de noviembre de 2009

Semlalia

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Esa quinta que ves se llama Semelalia -dijo el Sultán-. Te pertenece. Yo te hago donación de la casa y de la tierra y de cuantas plantas y animales cobija...

Estas palabras, puestas en boca del sultán Muley Soleyman por Ramón Mayrata y supuestamente dirigidas al español Domingo Badía, alias Alí Bey, reflejan la influencia alcanzada en Marruecos por este español universal, ilustrado y audaz que, al servicio de la ciencia por voluntad propia, y al servicio de Godoy por razones de supervivencia, pudo haberse convertido en príncipe de los seguidores occidentales del Profeta. El plan estaba ultimado. Y Ramón Mayrata nos habla ahora por boca del propio Alí Bey:

Si el sultán aceptaba mi proposición, descenderíamos juntos al pie de las murallas de Marraquech y penetraríamos en la ciudad al frente del ejército libertador. De lo contrario, ¿quién se podría oponer a que yo mismo ocupara el trono y garantizara desde él el rumbo hacia la libertad?



Los pachás de Haha, de Chiadma y del Sus serían los principales apoyos del audaz aventurero, pero contaba con una milicia sólo propicia para hacer correr la pólvora, lo menos parecido a un ejército eficaz:

Los guerreros se perseguían y disputaban en locas cabalgadas. Sus siluetas se retorcían en cabriolas inverosímiles sobre el cuerpo sin fijeza de los animales. De pronto eran testuz, ijares, cascos, cola, siempre estela de un movimiento incesante que acabó por envolverme junto a mi comitiva.

Pero Alí Bey se puso manos a la obra:

Empleé el tiempo de mi estancia en Mogador en convertir las escaramuzas y cabalgadas de aquel ejército en maniobras militares ordenadas.



Al final, los apoyos ofrecidos por Godoy y Carlos IV no llegaron y la operación no prosperó. Nuestro paisano hubo de abandonar precipitadamente las aspiraciones de libertad para un pueblo al que ya amaba y sufrir las consecuencias de la derrota buscando sitio entre la miseria de Marraquech:

El espectáculo que se mostró ante mis ojos era sobrecogedor. En los numerosos patios que rodeaban la mezquita, cientos de cuerpos retorcidos como carne quemada, se apretujaban sobre paja tibia y maloliente, bajo las arcadas ennegrecidas por el humo de las fogatas.

Heridas y cicatrices, muñones, huesos desencajados, todas las formas inverosímiles que adopta el dolor humano se irguieron en cuanto descubrieron mi presencia.

La imagen ofrecida por R. Mayrata puede ser más o menos afortunada pero, en todo caso, la influencia que Alí Bey ejerció sobre el sultán Muley Soleyman fue indiscutible. Hoy, al Noreste de Marraquech, ya no queda nada de la quinta en que Domingo Badía compartió alegrías y preocupaciones con la bella Mohanna. Hoy, sólo el nombre de una calle, en el camino que va a Casablanca, mantiene vivo el nombre de Semelalia. Numerosos hoteles y edificios de apartamentos han tomado aquí asiento y de los europeos que los ocupan pocos sabrán quien fue Alí Bey el Abasí.

Y así completamos nuestra visita a Marraquech. Ahora nos vamos. Pero algún día, Inch Alá, volveremos.

martes, 3 de noviembre de 2009

El palacio de El Badia

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De entre los numerosos palacios marroquíes, éste, mandado construir por Ahmed el Dorado, debió ser, sin duda, el más grandioso de todos. Cuando estuvo finalizado, el poderoso Sultán pidió a uno de sus bufones la opinión que le merecía tan grandiosa obra. Oh, creo que, cuando sea demolido, dará un precioso montón de escombros... - predijo. Y acertó. Unos cien años más tarde, el sanguinario sultán alauita Muley Ismail lo utilizó como cantera desde la que suministrar materiales nobles a sus construcciones de Mequínez, dejándolo convertido en una bella ruina.



Hoy, el Badia es sólo un escenario incomparable sobre el que cada primavera tiene lugar uno de los espectáculos más vistosos del mundo, el festival nacional de folklore marroquí.

martes, 27 de octubre de 2009

Marraquech III

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Temprano, cuando la vieja medina parece que aún no se ha despertado del todo, aprovechamos nosotros para hacer el recorrido exterior de las murallas. El sol mañanero hace todavía más dorado al ya de por sí amarillento barro de que están construidos estos grandes muros, a los que la ausencia de vida da un aspecto misterioso e intimidatorio. Las sucesivas puertas van taladrando la alargada pared, mientras por los caminos de acceso aparecen los primeros carros, tirados por burros, que cargados con alimentos se dirigen a los numerosos zocos de la ciudad. Bab el Khemis, Bab Kechich, Bab Debbarh... Estamos ante el barrio de los curtidores.

Si en Fez hay hasta cuatro comunidades de curtidores, aquí el número se reduce a dos. Una de ellas, la de los árabes, trabaja las pieles de camello y cordero; la otra, la de los bereberes, se centra en las pieles de vaca. Las pieles son sumergidas una y otra vez sobre apestosos líquidos por unos hombres que, semidesnudos, realizan un trabajo duro, sino inhumano. A los productos de curtiduría que llenan los fulones se les añaden a veces colorantes mientras que otras se curten las pieles tal cual, sin ese añadido, obteniendo pieles con sus colores naturales. Cuando toca color, los turistas están de enhorabuena, cuando no es así surge una pequeña decepción que se funde rápidamente con el olor fuerte, nauseabundo, que los practicantes de tan duro oficio parecen no notar.
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Después de Bab Debbarh, la puerta que conduce a las curtidurías, pasamos Bab Ahmar, por donde se entra a los inmensos jardines del Aguedal. Aquí, al Sur de la medina, se sitúan los principales palacios marracusíes: Dar el Beida, palacio real, palacio de Bahia y los restos del más grandioso de todos, el palacio de Ahmed el Mansur.

sábado, 10 de octubre de 2009

Jardines Majorelle, en Marraquech

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Jacques Majorelle

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Jacques Majorelle fue, al parecer, un pintor francés de principios de siglo. Pero uno, en su incultura, no tenía ni idea de su existencia. Ahora sé que tenía un gusto exquisito. El bellísimo jardín que se preparó como residencia en las afueras de Marraquech, hoy restaurado por el modisto Yves Saint-Laurent, dejará en mi mente un recuerdo imborrable. Esos azules intensos, vivos, entre el verde de una vegetación exuberante, las pérgolas y cenadores, la musiquilla de miles de pájaros, la fresca sombra... ¡Qué bonito...! ¡chapeau, monsieur!
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Y ahora, cuando la noche cae sobre Marraquech, es hora de retornar al camping. Mañana, muy de mañana, continuaremos nuestro recorrido por esta ciudad mágica.

lunes, 5 de octubre de 2009

jueves, 1 de octubre de 2009

Visita guiada por la vieja medina de Marraquech

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La vieja medina, un lugar de otro mundo. Entre olores de azafrán, de comino, de pimienta negra, de gengibre, de verbena, de clavo, de flores de naranjo que arrebatan el olfato. Aquí se amontonan sacos de almendras, cacahuetes, garbanzos..., cestos de dátiles, toneladas de aceitunas. En las estanterías de los boticarios se desbordan los tarros de alheña, de gazul, los frascos de extractos de rosas, de jazmín, de menta, de khol, los trozos de ámbar, de almizcle...

Oficina de Turismo Marroquí, Marraquech.
 
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Después de las dificultades que tuvimos esta mañana para recorrer, por nuestra cuenta, la medina, decidimos buscarnos un guía para esta tarde. Hay miles porque, en Marruecos, todo el mundo es un guía potencial. Lo difícil es concertar el precio: "la voluntad, lo que quieran darme" dicen. Sea, pues, pero dejamos claro que nada de llevarnos a tiendas... concertadas.

Comenzamos nuestro recorrido por el Suk Smarine, calle estrecha y animada, como todas, para entrar luego en ese laberinto de callejas, más parecido a un hormiguero que a una ciudad, en el cual perdemos completamente el sentido de la orientación. Pasamos fuentes, y qubbas, y plazuelas, y zocos... y llegamos a la madrasa Ben Yussef en cuya puerta hay una inscripción en azulejos que dice:

He sido edificada para las ciencias y la oración por el príncipe de los creyentes, el jerife Abdallah, el más glorioso de los califas.
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Nos gusta mucho esta grandiosa universidad coránica. Dicen que es una de las mayores y más bellas de Marruecos, y debe ser verdad. Su decoración, elegante y recargada, de influencia claramente andalusí, mezcla el estuco con la madera y el mármol con los zel-lig, formando un conjunto único. En el patio está la fuente para las abluciones, hecha en mármol blanco, y, a su alrededor, las galerías con las celdas de los estudiantes más afortunados. El resto de las ciento treinta habitaciones estudiantiles dan a patios menores, cuando no a meros pasillos, disfrutando de una iluminación mucho más escasa. Sin embargo, la abundancia de decoración es similar y las numerosas tallas, en madera de cedro, mantienen una calidad indudable.

En las estrechas calles de la medina hace tiempo que la sombra lo ha inundado todo. Es el momento de llegar a un acuerdo con nuestro guía aficionado y, taxi de por medio, acercarnos a visitar alguno de los conocidos jardines de esta capital del Sur. Debería ser fácil llegar a un acuerdo cuando el pacto ha sido "la voluntad" pero, ni mucho menos. ¡Menudo chou montamos! Nuestra voluntad resulta ser de unos veinticinco dirhams, pero... el buen hombre comienza a gesticular, a hacer grandes aspavientos como dando a entender que está ante uno de los mayores abusos que nunca los tiempos han presenciado. Nosotros nos miramos intentando ver algún gesto en las caras ajenas que sirva para saber qué hacer... Y el moro se niega a coger tan ridícula cantidad de dinero. "¿Le damos cuarenta?, yo creo que ya está bien..., por un par de horas..." Le ofrecimos los cuarenta, pero tampoco queda satisfecho. La situación es de cierto bochorno... "Dile que, o cuarenta o nada..." Y el cara, por si acaso, toma el dinero en su mano, pero luego sigue quejándose...
 
Amigos míos, si venís a Marruecos, nunca pactéis con alguien la voluntad, porque, con veinte dirhams aquel hombre hubiera quedado encantado al principio del recorrido, pero luego, dignidad al margen, sabe que un poco de teatro ablanda los corazones inseguros de cualquier turista y...

Un oasis en el centro de Marraquech

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Detalle del alminar de la mezquita de las Manzanas de Oro, con la típica decoración a base de pequeños arcos ciegos entrelazados.











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Estamos cansados, sudorosos. Las viejas medinas marroquíes resultarían perfectas si de vez en cuando se pudiera encontrar algo parecido a una cafetería europea, en donde descansar sentado, bajo un refrescante aire acondicionado y con una jarra de cerveza helada en la mano. Tal vez sea pedir demasiado, tal vez una visión así tendría mucho de espejismo, pero, después de todo, ¿no encontramos una piscina en pleno desierto? Sí..., ¿por qué no?

El centro, el corazón de Marraquech, está en su variopinta plaza mayor, en su Jemaa el-Fna. De allí sale una calle corta, con mucho tráfico, que se une, a los cincuenta metros, con la avenida de Mohammed V, calle ya moderna, de la época del gobernador francés Lyautey. Pues en esta calle corta, en el lado derecho según se sale de la plaza, ocupando casi toda la longitud de la calle, hay un muro insignificante con una puerta, no mucho más llamativa, en la cual un pequeño letrero dice Club Mediterranee. Entramos.

Niza, un decir. Una joven recepcionista que, por supuesto, sólo habla francés. Indicadores de bares, restaurantes, salones. A nuestra derecha, una gran piscina de aguas azul verdoso. Rictus de felicidad e incredulidad dibujadas en nuestras caras. La hora de comer...

- ¿Es posible comer, bañarse... ?
- Claro, claro.

Nos dividimos. Mientras unos se quedan tomando el aperitivo o disfrutando del ambiente, otros salimos a buscar un taxi. En menos de treinta minutos, y en menos de treinta dirhams, hemos ido al camping y estamos de vuelta con los bañadores...

La comida no es buena pero, ¿a quién le importa eso? También es cara, es cierto, pero, ¿cuánto se puede dar por un baño, en pleno agosto, en el centro de una medina marroquí? Como cabe imaginar, mientras los niños disfrutan en la piscina, hacemos una larga, larga sobremesa. Luego, vuelta al caos de gente, a la lucha contra los atracadores blandos, contra el calor. Sí, de nuevo la Jemaa el-Fnaa.
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En pocos minutos la plaza se llenó de gente, como una mezquita a la hora de la oración...

Se contaban bárbaras historias de amor y de celos, de fabulosos tesoros escondidos en los riads abandonados, encontrados por ancianos vagabundos o por niños ciegos; se vendía agua fresca, se enderezaba una serpiente delante de tus ojos, con ayuda de una flauta... Las múltiples ocupaciones, las innumerables combinaciones de que el humano es capaz para ganarse la vida, se encontraban en esta plaza; la magia se adueñaba de los gestos más simples.

Agustín Gómez Arcos, El Ciego.

Las tumbas Saadíes

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La sala de las columnas... Una sala salpicada de tumbas cinceladas como grandes cofres de marfil y totalmente rodeada de arabescos, desde el suelo hasta las estalactitas de la bóveda, donde el cedro está reavivado de color en algunas partes y patinado con oro... en otras.


Georges Marçais

El Marraquech monumental

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A estas alturas del viaje, quien más quien menos, comienza a notar la levedad de su cartera, por lo que la presencia de numerosos hoteles en las inmediaciones del camping provoca una peregrinación hacia sus cajeros a la búsqueda de los imprescindibles dirhams con que afrontar este nuevo día. Una vez cumplido con este requisito ineludible, continuamos nuestro viaje, a pie, por la avenida de la Menara para, por Bab el-Jedid, entrar en la medina.
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A nuestra derecha tenemos ahora uno de los más conocidos y lujosos hoteles del mundo: La Mamunia. Personajes como Rita Hayworth, Orson Welles, Catherine Deneuve, Richard Nixon, Yves Montand o Jimmy Carter ocuparon sus habitaciones. Otros, como Sir Winston Churchill, que vivió aquí durante muchos meses dedicado a su pasión favorita: la pintura, o como Alfred Hitchcock, que aprovechó para rodar aquí parte de su película El hombre que sabía demasiado, se convirtieron en clientes habituales del hotel.
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Seguimos luego, hacia la mezquita de la Kutubia, o de los libreros, cuyo minarete de 70 metros de alto marca una de las cimas del arte almohade (la torre Hassan de Rabat y la Giralda de Sevilla son las otras dos). Dice la leyenda que las enormes bolas que coronan el alminar fueron hechas con el oro de las joyas fundidas de una de las esposas de Jacub al-Mansur la cual, al parecer, había cometido algún pecadillo y deseaba hacerse perdonar por el Misericordioso. Pero las mezquitas marroquíes no son accesibles a los no musulmanes y, por otra parte, la grandiosa Kutubia está en restauración, así que nos limitamos a admirar su belleza desde el exterior, belleza que, a pesar de los andamios, no deja de manifestarse.

Y continuamos nuestro recorrido entre los olores, colores y sabores de esta medina del viejo Marruecos. Claro que, sin guía, no es fácil orientarse aquí. Sin embargo, nosotros, seguimos por nuestra cuenta, en solitario, a la búsqueda de las tumbas Saadíes... El alto alminar de la mezquita de Las Manzanas de Oro nos sirve de referencia, así que conseguimos llegar hasta las puertas, casi contiguas, de Bab Agnau y Bab er-Rob, al lado ya de la mezquita. Las tumbas Saadíes fueron ocultadas por el sultán Mulay Ismail tras un alto muro, pudiendo accederse a ellas solo a través de un pasadizo secreto desde la propia mezquita. Actualmente se ha construido un estrecho pasillo exterior que permite a los no musulmanes visitar el monumento al no tener que pasar por la mezquita.

Los mausoleos recogen las tumbas de trece sultanes de la dinastía saadí así como tumbas de parte de sus familiares más próximos. Su belleza es extraordinaria. Su decoración, un tanto oculta por una iluminación escasa, nos trasporta mentalmente a la alhambra granadina.
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Llegar desde aquí hasta Dar el-Badi parece cosa fácil, y quizá lo sea, no diré que no, pero... ¡media hora llevamos dando vueltas en no más de cien metros cuadrados...! ¡y siempre llegando al mismo sitio! Acabada la paciencia, y, dado que es casi mediodía, pensamos que será mejor acercarnos a una zona donde poder comer algo. Salimos, pues, hacia el amplio mechuar de Dar el-Majzen (el palacio real) y, desde aquí, tomamos un taxi hasta la plaza de Jemaa el-Fna.

Miradas de Marraquech

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La Yamaa el-Fna

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Pirámides de almendras y nueces, hojas secas de alheña, pinchos morunos, calderos humeantes de harina, sacos de habas, montañas pringosas de dátiles, alfombras, aguamaniles, espejos, teteras, baratijas, sandalias de plástico, gorros de lana, tejidos chillones, cinturones bordados, anillos, relojes con esferas de colores, tarjetas postales marchitas, revistas, calendarios, libros de lance, mergueces, cabezas de carnero pensativas, latas de aceituna, haces de hierbabuena, panes de azúcar, vociferantes transistores, trebejos de cocina, cazuelas de barro, alcuzcuceros, cestas de mimbre, chalecos de cuero, bolsos saharauis, cofines de esparto, artesanía bereber, figurillas de piedra, cazoletas de pipa, rosas de arena, pasteles mosqueados, confites de coloración violenta, altramuces, semillas, huevos, cajas de fruta, especias, jarras de leche agria, cigarrillos vendidos por unidades, cacahuetes salados, cucharas y cazos de madera, radios miniatura, casetes de Xil Xilala y Noss-el-Ghiwán, prospectos turísticos, fundas de pasaporte, fotografías de Pelé, Um Kalsúm, Faried-el-Atrach, Su Majestad el Rey, un plano de la villa de París, una estrafalaria torre Eiffel.

Juan Goytisolo, Makbara.

De la Menara a la Jemaa el-Fnaa

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Pasamos por delante de Dar el-Majzen y luego, por la avenida de Humman el-Fetuaki, nos dirigimos hacia el corazón de la medina.

Creo que ya lo he dicho, el caballo es flaco y parece cansado. El dueño lo fustiga continuamente intentando que siga el ritmo de las calesas que nos preceden, calesas que no tienen un caballo sino dos..., y el animal no puede. Era de esperar...

Quizá por escasez de fuerzas, quizá porque el suelo está deslizante, lo cierto es que el noble bruto se va al suelo. Bajo los latigazos salvajes del calesero, los empujones de los ayudantes voluntarios, las caras asustados de quienes seguimos en el coche, el caballo patalea una y otra vez sin conseguir incorporarse. Sus herraduras patinan sobre la resbaladiza calzada y no aparece ni un pequeño resalte en que apoyarlas para hacer fuerza.

Parece una estampa de dibujos animados en la que la gracia se hubiera congelado en la cara de los presentes. Cada latigazo levanta ampollas en nuestros corazones, nos recuerda un mundo duro y descarnado, un mundo desagradable. Ahora de pie, en la acera, somos incapaces de echar una mano. Claro que, muchas otras manos, más capaces y expertas que las nuestras, se multiplican ayudando: sueltan la calesa y tiran de los arreos hasta que, por fin, se restaura el equilibrio.

Camino de la gran plaza nuestra mente se mantiene ausente, saturada, confusa. ¿Deberíamos bajarnos? ¿Deberíamos pagar a este buen hombre para que se vaya a su casa y deje descansar al caballo? ¿Serviría de algo? Posiblemente, no. Volvería al camping a cargar de nuevo... Tal vez, también a él le duela todo ésto, si no en las piernas, sí en los estómagos de unos niños que dejó esperando... pero, por ellos, debe continuar. Y a cada nuevo latigazo, cerramos los ojos y contenemos la respiración...

Por fin, la plaza. Con los pies ya en el suelo, pagamos en silencio nuestros treinta dirhams y nos vamos sin mirar atrás.

La noche va cayendo sobre Marraquech. Desde la terraza del Café de Francia se divisa el mercado con circo y verbena incorporados de la Jemaa el-Fna, la plaza más vibrante, el centro más vivo de Marraquech. Su nombre, sin embargo, no es muy coherente: Jamaa el-Fna significa asamblea de muertos, ni más ni menos. Y es que, aquí, en este preciso lugar, se exponían las cabezas cortadas de los que habían caído en desgracia ante el Sultán.

Hoy, el sultán ya no quiere ser sultán, sino rey, y la gente ha tomado la plaza convirtiéndola en el escenario de todas las actuaciones callejeras. Todo el alma del Sur está aquí, en los círculos de curiosos que, con la movilidad de las humaredas, de la mañana a la noche, se hacen y se deshacen en torno a algunos titiriteros, dice Jean Tharaud.

La noche ha cubierto Marraquech. Pero, en la distancia, aún se distinguen, someramente iluminados, los alminares de la Kutubia y de la mezquita de las Manzanas de Oro.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Marrakech en calesa

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El camping municipal está situado en la avenida de Francia, en el Gueliz o ciudad nueva, a menos de media hora de camino hasta la plaza de Jemaa el-Fna. A su lado están los mejores hoteles de Marraquech y, un poco más allá, al borde de la muralla, los Jardines de la Menara.

A las puertas del camping no hay taxis, como cabría esperar, sino alineadas calesas, de uno o dos caballos, a la espera del turista, principal cliente de este medio de transporte vistoso y tradicional. Nosotros, que encajamos dentro de este grupo, no queremos ser excepción a la regla y, en consecuencia, encaramados en el viejo carruaje, comenzamos el recorrido turístico de la ciudad, recorrido que tiene su primera parada en los jardines de la Menara.
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La cobra.
Un bello pabellón saadí, dorado por el sol de la tarde, se refleja majestuoso en las tranquilas aguas de un estanque. Al otro lado, miles de olivos se extienden hasta las mismas puertas de la Medina. ¡Cuántas historias, unas románticas, otras sangrientas, tienen su origen en estos jardines! (se cuenta de aquel sultán que, todos los días a la salida del sol, echaba al estanque a su compañera de noche, o la de aquel otro que... ) Los vendedores de memoria repiten día tras día, una y otra vez, en la gran Jemaa el Fna, estas mismas historias.

Hoy, a esta hora, apenas hay visitantes en la Menara. Quizá por eso, el encantador de serpientes, situado al lado del estanque, está un poco nervioso. Su cobra se yergue airosa, sí, pero su dueño está más preocupado de mi cámara fotográfica que de su pequeña bestia. Así, en cuanto nota que la cámara ha sido disparada, sin la menor espera, se abalanza sobre mí en busca de la obligatoria propia.

Saco una moneda de cinco dirhams y, aunque convencido de que es demasiado, la pongo en la mano del embaucador (de serpientes, por supuesto), pero, ¡tate! de forma airada, se dirige hacia mí señalando la, para él, ínfima cuantía de la moneda, y pretendiendo que completara la propina.

Me gustaría tener la flema inglesa, sí, pero, ciertamente, no estoy dotado de ese don, así que considero aquello una ofensa y, con un ataque rápido como proveniente del abandonado ofidio, recupero la moneda de aquellas manos oscuras. El hombre intenta forcejear, ahora para no perder sus cinco dirhams..., pero en vano porque los dirhams están ya en mi bolsillo. Seguro, dentro de mil años aún seguirá maldiciéndome ...

Retomamos nuestra calesa. El calesero, encaramado en el alto pescante, maneja, sin arte pero con abundancia su látigo que restalla en las costillas del único y flaco caballo que nos arrastra. Cruzamos así Bab el-Jedid y, por una estrecha callejuela, nos acercamos a los amplios mechuares del ruinoso Dar el-Badia.

Dar el-Badia: Este palacio, mandado construir por Ahmed el-Mansur con dinero portugués (fruto de la indemnización de guerra tras la batalla de los Tres Reyes), fue expoliado por Muley Ismail quien utilizó parte de los materiales para sus obras de Mequínez.
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Todos estos muros estuvieron recubiertos de mármol, pero Muley Ismail se los llevó a Mequínez dejando sólo este bello montón de escombros.
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En el-Badia, los dignatarios de otros países presentaban sus respetos a los sultanes saadíes. Uno puede imaginarse al orgulloso sultán, montado en un blanco corcel ricamente enjaezado, tocado con su manto de blanco lino y bajo una alta sombrilla sostenida por un esclavo gnaua, mirar solemne hacia el infinito por encima de los súbditos que le aclaman... Así debió ser, o así, al menos, nos lo pintan los pintores...

Murallas de Marrakech

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Las murallas de Marraquech pintadas por Sir Winston Churchill

A media mañana avisté los murallones bermejos de Marraquech, dislocados entorno a una ciudad fantasmal. En otro tiempo fue capital del reino y más de seiscientas mil almas se apiñaban en el interior de sus muros. Pero hoy, diezmados por las guerras y por la peste, apenas sobrepasan los treinta mil habitantes.

La muralla es como el anillo de un hombre fornido en el dedo de un niño. Al atravesarla me encontré con que no había calles siquiera. Las calles en las que se agrupaban las casas se rompían, fracturadas a cada paso por huecos y espacios vacíos.

Ramón Mayrata, Alí Bey

martes, 29 de septiembre de 2009

Tajines en la bajada del Tichka

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La bajada Norte del Tichka se hace entre curvas y más curvas, precipicio tras precipicio. Los vértigos apuntan a los más propensos mientras que, todos, hacemos un esfuerzo por confiar en los frenos de nuestros vehículos. Más de 500 metros más abajo, un zigzagueante ued de aguas escasas, nos espera...

De pronto, un alimenticio olor a cordero guisado penetra por las ventanas abiertas de las autocaravanas y estimula la producción de jugos gástricos de forma desconsiderada. Nos detenemos. Es un pueblo difícil, situado en una cerrada curva, en una empinada cuesta, sin sitio donde aparcar y de cuyo nombre, parafraseando a Cervantes, no puedo acordarme, pero es un pueblo con unos tajines de cordero que... Los observamos detenidamente, curioseamos, incluso levantamos ansiosos el cucurucho de barro que tapa el suculento guiso, pero no podemos hincarle el diente porque está reservado para una celebración familiar. ¡Qué pena! En cambio, si es posible comprar chuletas de cordero... claro que, aunque tiernas, tienen un precio no muy distinto al que tendrían en cualquier mercado español. Un poco desilusionados por no poder unirnos al banquete, seguimos nuestro descenso, por Taddert, hacia el profundo valle...



Es mediodía cuando entramos en el amplio y polvoriento cámping municipal de Marraquech. Una tienda bien surtida nos suministra pan y nos disponemos a comer de nuestras provisiones, en la propia autocaravana. Estamos, ahora, a 450 metros de altitud y el calor ha aumentado nuevamente hasta los cuarenta grados...

El Tizi N'Tichka

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De pronto, la pronunciada barrera caliza queda a nuestros pies y la vista puede extenderse casi hasta el infinito. Situados a 2260 metros de altitud, entre el jbel Bu Uriul y el jbel Tistuit, a nuestra espalda dejamos la amplia cuenca de Uarzazat, con el Sarho y el Sahara aun más allá, delante, Marraquech y la cuenca del Tensift hacia donde nos dirigimos y en donde se asienta el Marruecos más desarrollado.

Aquí arriba, refrescados por un viento que no es tan violento como las guías quieren pintárnoslo, somos asaltados por los vendedores de minerales y artesanía. Sus tiendas se agrupan rodeando una pequeña explanada que nos sirve de aparcamiento. Agatas y ónices, piritas, esteatitas y yesos fibrosos, azuritas y malaquitas, baritinas y todo tipo de minerales nos son ofrecidos al asalto. Cientos de trilobites y ortoceras rodean inmensos anmonites (por supuesto, falsos) que copan los pequeños escaparates. Es difícil huir porque los vendedores no tienen inconveniente en abandonar el protegido espacio de su tienda y seguirte hasta el fin del mundo, si fuera necesario, llámese éste bar, coche o urinario. Quinientos, trescientos, cien... la eterna historia del regateo. Y nunca des un billete grande esperando vuelta porque, en vez de dirhams, te devolverán cualquier otra cosa, ya sea fósil, mineral o espécimen vario encontrado entre sus cachivaches. Si no tienes dinero, tampoco estás a salvo ya que intentarán quedarse con tu reloj, tu camisa o, incluso, con tus zapatos. No, no es posible contemplar tranquilamente ni la belleza sobrecogedora que nos rodea, ni los pastos que dan nombre al puerto (por otra parte, escasos y resecos, en esta época del año). Optamos, pues, por emprender el descenso por la cara Norte del gigante.

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Cuento bereber:

Había un hombre que era ladrón y vivía de lo que robaba. Pero un día le dijeron:

- Ten cuidado. El nuevo caid es un hombre honesto e intransigente al que no le gusta ser cómplice de prácticas condenables.

Así que el ladrón quedó preocupado. Pero deseando disipar sus dudas decidió comprobarlo. Robó pues un cordero y lo asó, y luego, cortando la pierna que tenía mejor aspecto y escondiéndola bajo su ropa, se fue a ver al caid y le dijo:

- Mi señor, Alá ha querido que robara un cordero y que me lo comiera. Quisiera saber si eso es pecado o no.

- ¡Qué Alá sea siempre alabado! ¡Un pecado gravísimo, esa carne es impura! -contestó el caid.

- ¡Oh, qué el Clemente se apiade de su siervo...! De todos modos, os he traído vuestra parte.

Y le entregó al caid la pierna de cordero que traía escondida. Éste la cogió y dijo:

- ¡Ah, bueno, está asada! Luego el fuego ya la ha purificado...
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(Cuento recopilado por Alphonse Leguil)

La ruta del Tizi N'Tichka

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Esta noche hemos dormido bien. Hizo calor, claro, pero los 1200 metros de altitud a que está situado Ait Benhaddu se dejan sentir y el termómetro se tomó un respiro. Recuperado, pues, nuestro ánimo, después del buen dormir, emprendemos la ascensión al puerto del Tichka, principal paso a través del Atlas Occidental.

La subida es, al principio, suave, con un paisaje árido y majestuoso que no difiere substancialmente del que hemos observado en todo el Marruecos presahariano. A nuestra izquierda vamos dejando la kasbah de Tadula, entre palmeras, y la de El-Mdint, de color rosa y decoradas torres, todas ellas antiguas posesiones de El-Hadj Thami el-Glaui, omnipotente pachá de Marraquech hasta 1956. A partir de Ugdal, con un bonito agadir, la carretera empieza a serpentear por la ladera mientras que las primeras cumbres del Atlas van mostrándose en toda su grandeza a medida que nos aproximamos a ellas. La profundidad de barrancos y torrenteras ponen una nota sobrecogedora a estas cumbres inmensas en que Zeus convirtió a Atlas, aquel gigante condenado a sostener el mundo por haber participado en la fallida rebelión de los titanes.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Y el cámping, ¿dónde está el cámping?

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El Atlas sierve de fondo a las ruinas de lo que debió ser un bello agadir. En estas fortalezas de barro, de carácter comunitario, los bereberes guardaban tanto las cosechas como los enseres propios para protegerlos de la rapiña de nómadas hambrientos o en caso de guerra con otras tribus.
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Algunos de los compañeros se han retrasado en la visita así que, haciendo de adelantados, salimos a la búsqueda de un sitio para acampar. Alguien dijo que oyó que, según le habían dicho, al parecer, no lejos de allí, había un cámping. Este cree que aquel sabe, el otro piensa que es el uno quien afirma... total, no averiguamos más y andamos los diez kilómetros que nos separan del presunto cámping... que no aparece. Preguntamos. Sí, nos dicen, a once kilómetros de aquí, frente a una tienda de minerales, está fácil de ver... a la derecha. Y recorremos los once kilómetros, pero no vemos el camping. Preguntamos de nuevo. Cierto, el cámping existe, pero aún está otros seis kilómetros más adelante... Y seguimos. Y pasan los seis, y los siete, y los ocho kilómetros... y no hay cámping. Preguntamos de nuevo. Un viejo, enfundado en una chilaba raída, nos contesta:

- Han tenido Uds. suerte, porque yo fui camionero, ¿saben?, y hacía la ruta a Marraquech; sí, me conozco esta carretera con los ojos cerrados. ¿Cámping, dice? No, verá, por aquí no hay ningún cámping, si lo sabré yo que fui camionero...

Nos miramos a los ojos. ¿Qué hacer? Estaba claro, dimos la vuelta, y a recorrer los treinta kilómetros de regreso cuidando de no cruzarnos con el resto del grupo. Cerca ya de Ait Benhhadu nos encontramos con nuestros compañeros. Era ya de noche...

¿Hay futuro en Ait Benhaddu?

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Ait ben Haddu

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Para llegar al bello pueblo fortificado de Ait Benhaddu es necesario cruzar el ancho cauce formado por la unión de los ueds (aquí llamados asif) Mellah y Unila. Un puente debía permitirnos pasar el río y montar nuestro campamento sobre las cantos rodados de la orilla, pero digo debía porque el puente ya no está, la corriente se lo ha llevado. Ahora, el único acceso al pueblo es a pie o a lomos de camello lo que nos obliga a buscar nuevo sitio de acampada. Claro que, mejor visitamos el pueblo ahora que aún hay luz y luego... ya nos organizaremos.

Cuando el sol poniente ilumina Ait Benhhadu por atrás, a contraluz, una orla dorada aparece sobre las desgastadas kasbahs y largas sombras se proyectan hacia el Este haciendo la visión inolvidable. La entrada al fortificado pueblo no es fácil. Por razones fuera de mi alcance, la puerta principal, que cruza la muralla de adobe por el lado del río, está tapiada, y sin ningún camino de ronda ni indicación al respecto, hemos de saltar de huerto en huerto, dentro del pequeño oasis, hasta poder, a través de una zona de muralla medio derruida, entrar en el recinto. Por las estrechas callejas se suceden los tighremts o agadires que se escalonan sobre la empinada ladera de la montaña, con sus altas paredes fuertemente erosionadas por los vientos y sus adobes convertidos en oro por los últimos rayos de sol de la tarde. Las mujeres de las únicas cinco familias que habitan el pueblo se esconden ante nuestra presencia, mientras que las cabras, las muchas cabras, se muestran totalmente indiferentes a los objetivos de las cámaras.
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Durante el camino de regreso a los vehículos, nuestros ojos se vuelven una y otra vez hacia la derruida alcazaba intentando captar los últimos reflejos dorados de la tarde y retener en la memoria toda su poética belleza. Ait Benhaddu, qué bien suena; Ait Benhaddu, un nombre, un pueblo para el recuerdo.

Muchacha en Ait ben Haddu

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