jueves, 13 de mayo de 2010

Salé, la República de las Dos Orillas

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Panorámica de Salé Rabat

Se llamaban República de las Dos Orillas y formaban una comuna de corsarios que operaban por su cuenta, llevando al mar su propia yihad y sembrando el terror en todo el Atlántico Norte y el Mediterráneo. Las propias potencias europeas se vieron, muchas veces, obligadas a negociar con estos filibusteros que alcanzaron un alto nivel de riqueza y capacidad militar. Pero tal vez esta riqueza fue el principio de su fin pues, los sultanes, deseosos de participar en el negocio, decidieron organizar el asunto. La organización derivó en la imposición de impuestos, impuestos que fueron creciendo hasta que ahogaron a la propia actividad corsaria: ¿quién se iba a jugar la vida para que, luego, fuera el sultán quien se llevara el botín? La vida de esta república fue de unos doscientos años, abarcando, principalmente, los siglos XVII y XVIII, y fue Rabat quien salió más beneficiada, enriqueciéndose y prosperando considerablemente durante esos años.

Puesto de cítricos en el mercado de Salé

En el año 1260, la población que ocupaba el sitio de la actual Salé fue saqueada y arrasada por tropas castellanas del Rey Sabio que mataron o sometieron a esclavitud a sus habitantes. Al quedar la zona deshabitada, parte de los habitantes de la vecina población de Chella cruzaron el río Bu Regreg y se asentaron aquí, fundando un nuevo pueblo al que llamaron Salé en recuerdo de su viejo Chella (o Sala). La comunidad prosperó ganando en importancia a Rabat, que no recuperó su primacía hasta mucho más tarde.

Al menos ante la muerte, todos los musulmanes son iguales. En esto se distinguen de sus primos los cristianos entre cuyas tumbas también hay clases

La medina de Salé es, lógicamente, más pequeña que las medinas de Fez o Marraquech, pero no muy distinta. Sus calles son igual de estrechas y sus derb igual de numerosos. Nuestro recorrido, que comienza por la impresionante Bab Mrisa, hoy en restauración, continua luego por el zoco principal hasta la madrasa de Abu Hassan y el pequeño marabut del patrón de la villa. Al final de esta estrecha y larga calle, llegamos al cementerio musulmán, un lugar impresionante donde las tumbas, todas de espaldas al mar, mirando a Oriente, crean un espacio mágico, trascendente. Al caer la tarde, con las tumbas ribeteadas por el dorado del sol, el espectáculo es grandioso. En frente, más allá del Bu Regreg, la alcazaba de los Udayas desafía airosa a los vientos del Atlántico.

domingo, 2 de mayo de 2010

Rabat / Salé

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La Torre Hassan en Rabat, que con la Giralda de Sevilla y la Kutubía de Marraquech, forman las tres grandes torres amohades.

Cerca ya de Rabat abandonamos la carretera costera que traíamos y tomamos otra que, rodeando la ciudad, nos permite acceder a la vieja necrópolis de Chella.

La carretera, con dos carriles para cada sentido, tiene bastante tráfico. A nuestro lado vamos dejando numerosos chalets con piscina, antena parabólica y verdes jardines. Hay, también, muchas legaciones diplomáticas, distinguibles por su bandera y las visibles medidas de seguridad. Este parece un Marruecos distinto, más rico, más cosmopolita, más impersonal.

De pronto, por encima de los primeros barrios de la ciudad y a través de un horizonte calimoso, aparece la torre Hassan, un alto alminar paralelepipédico cuyas caras parecen, desde aquí, simples planos lisos, sin decoración... A nuestra derecha, un recinto cerrado y enmurallado nos oculta la vieja necrópolis de Chela.

Chela
 
Sobre las ruinas de la antigua ciudad romana de Sala Colonia, decidieron los primeros sultanes merinidas establecer su última morada. Allí construyeron una pequeña mezquita, de la que se conserva un bellísimo minarete, y encerraron el recinto con murallas para proteger las tumbas. Hoy, este sitio, entre árboles exóticos y numerosos nidos de ibis, está considerado como uno de los más románticos de Marruecos. En el interior se conservan todavía algunos restos de la vieja ciudad romana, así como un pequeño estanque, de origen inmemorial, con anguilas sagradas y cualidades milagrosas (A sus aguas acuden las mujeres estériles en busca de fertilidad).

La Torre Hassan vista desde el cementerio de Salé

Luego, bordeando el mausoleo de Muhamed V y la derruida mezquita de la Bondad, bajamos hasta el nivel del río y cruzamos el Bu Regreg. Unas altas y oscuras murallas nos informan de que estamos ante la ciudad de Salé, hoy un simple barrio de Rabat, en cuyo camping, arenoso, amplio y casi vacío, nos alojamos.


Mientras comemos observamos la playa, bastante sucia y con mucha gente, y comentamos la historia de los piratas de Salé:
 
...nuestro barco fue desarbolado, tres hombres fueron muertos y cuatro heridos. Nos vimos obligados a rendirnos y fuimos llevados prisioneros al puerto moro de Salé.
Daniel Defoe, Robinson Crusoe.

domingo, 25 de abril de 2010

Tarudant

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Murallas de Tarudant

En pleno valle del Sus, Tarudant parece sólo una gran muralla ocre salpicada de fuertes torreones que hablan de su carácter militar. Su situación privilegiada, controlando un rico valle y una importante ruta caravanera, y su espíritu independiente y levantisco le causaron grandes problemas, hasta el punto de que el sultán alauita Muley Ismail mandó matar a la mitad de la población. Pero Tarudant renació una y otra vez con nuevos bríos alcanzando su máxima importancia a principios de siglo cuando, durante la lucha contra el dominio francés, Mohamed el Hiba se proclamó sultán aquí en Tarudant.



Hoy Tarudant es un lugar apartado de los principales recorridos turísticos, pero donde el europeo es bien recibido. Sus murallas, rodeadas por paseos a la sombra de verdes naranjos, son su principal atractivo y en sus hoteles se dan cita aquellos turistas que, desde Agadir, dirigen sus pasos hacia Uarzazat y la ruta de las casbahs.

Pasado Tarudant, la carretera es llana, ancha y con un buen firme, pero la abundancia de pueblos hace que esté muy transitada por personas y carros dificultando y enlenteciendo bastante la circulación.

domingo, 11 de abril de 2010

El Tizi N'Test

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La subida al N'Test

La carretera se ha vuelto intransitable y en la última hora sólo hemos recorrido veintiocho kilómetros. En muchos sitios ha sido erosionada por las torrenteras que conducen impetuosas aguas procedentes de los altos neveros, mientras que los pequeños derrumbamientos de desmontes y terraplenes son continuos. El estrecho firme, que si existe está lleno de baches, no alcanza los dos metros de ancho y, a su lado, sin separación alguna, los inmensos precipicios ahuyentan nuestra mirada que lucha por evitarlos. Los vehículos que transitan por aquí no pasan de un par de "TT" y alguna moto de europeo loco. Nosotros... bueno, tal vez nunca deberíamos haber venido tampoco...

¿Pasará la autocaravana con sus 2,95 metros de alto y 2,35 de ancho?

Ahora, pasados pocos kilómetros pero bastante tiempo, recuerdo las caras de los últimos humanos que nos veían salir por esta carretera... ¿qué pensarían? El miedo, la soledad, la impotencia... ¿Llegaremos alguna vez? Primera, segunda, primera... nunca la tercera. Más de tres horas llevamos para recorrer ochenta kilómetros... ¿Cuándo se acaba ésto? Miedo, soledad, impotencia... la naturaleza parece vencer al hombre...

Refugio en lo alto del puerto
 
Finalmente, la carretera comienza a descender. Delante de nosotros aparece el amplio valle del Sus y, más allá, entre una densa calima blanquecina, se divisan las suaves ondulaciones del Anti Atlas. Tarudant está ya cerca.

La mezquita deTin Mal

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La mezquita de Tin Mal, en las estribaciones del Atlas

Estamos ahora en la cuna de Ibn Tumert o, lo que es lo mismo, la cuna del imperio almohade. Ibn Tumert fue un predicador impetuoso que empujó a Abd el Mumen a conquistar primero Marraquech y luego todo el Magreb, llegando hasta Zaragoza. Una derruida mezquita, con sus muros de adobe desgastados por el tiempo, mantiene vivo el recuerdo del nacimiento de la segunda dinastía bereber.

Sobre las altas cumbres que nos rodean se ven, todavía, los restos de las últimas nieves que ponen un sombrero blanco a los escasos duares que, como cuentas esparcidas de un rosario, salpican las escarpadas laderas. Son aldeas con casas de techos planos, de ramas y barro, amarillentas y rancias.

Los omnipresentes niños marroquíes no llegan aquí hasta la carretera pues las distancias y dificultades del camino son muy grandes. Pero por los alejados y estrechos senderos de montaña que entran y salen de las aldeas se aprecia ese ir y venir de gentes característico de un lugar vivo. Los vestidos de las mujeres resaltan por sus vivos colores mientras que los de los hombres, siempre apagados y grises, sólo se vislumbran como puntos claros sobre un paisaje verde.

El N'Fis

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El N'fis

Bajo un sol mañanero que se filtra entre nubes tormentosas, el N'Fis serpentea con un brillo de plata por entre laderas de pendiente casi vertical. Sus continuos meandros, de corto recorrido, nos sorprenden por su belleza incomparable. Allí el cauce se hace más amplio, aquí se encoge y es cruzado por un romántico puente que los pintores han pintado mil veces.

Pero la carretera se va haciendo más y más empinada. Su firme se vuelve impracticable, su anchura es mínima impidiendo el cruce de dos vehículos al mismo tiempo, los precipicios sobre el río van poniendo esa nota sobrecogedora que ensimisma y corta las conversaciones: es, tal vez, el miedo. Y sube, y sube haciendo zigzagueos que se repiten una y otra vez.
 
Pasarela sobre el N'Fis

La ruta del Tizi N'Test

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La complicada ruta del Tizi n'Test a través del Atlas

Antes de abandonar el camping municipal de Marraquech y seguir viaje hacia el Sur, aprovechamos para llenar nuestros depósitos de agua, comprar algo en el minimercado y para pagar la estancia en el camping (veinte dirhams por vehículo y otros veinte por persona y noche).

La carretera que partiendo de Marraquech lleva hacia Tarudant es ancha y con buen firme en sus primeros kilómetros. Solo a partir de Tahanaute empieza a estrecharse y a retorcerse ante la influencia de las primeras estribaciones del Atlas. El firme comienza a acusar también un cierto abandono y los baches y badenes son cada vez más frecuentes.
 
A cuarenta kilómetros de Marraquech nos encontramos con el pueblo de Asni, un punto de partida de las rutas que, por Imlil, llevan hasta el Tubkal, el pico más alto de todo el Norte de Africa. Luego, transcurridos otros diez kilómetros, pasamos el pueblo de Uirgane, con sus blancas salinas, y entramos en un espléndido valle por cuyo fondo transita, encajonado, el ued N'Fis.

sábado, 30 de enero de 2010

Bin-el-Uidane

Embalse de Bin el Uidane
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Pasado Azilal, la carretera S508, ataca, serpenteando, un pequeño paso de montaña. A partir de aquí, un paisaje espléndido enlentece nuestra marcha incapaces de conducir y observar estas agrestes estribaciones del Atlas. Una sucesión de curvas y contracurvas nos permiten descender hasta el nivel del embalse de Bin el Uidane, uno de los complejos hidroeléctricos más importantes y bellos del mundo.

Una gran presa de hormigón de 285 metros de largo, 135 metros de alto y un espesor que varía entre los 28 metros de la base y los cinco metros de la coronación, retiene el caudal del ued el Abid, formando un embalse de 1390 hectómetros cúbicos de agua y cubriendo una superficie de más de 3.700 hectáreas. A la salida del embalse, las aguas son conducidas por un túnel de diez kilómetros, bajo el jbel Tazerkunt, hasta el gran complejo hidroeléctrico de Afurer donde, con un desnivel de 235 metros, produce más de 465 millones de kilovatios-hora de energía al año. Posteriormente, sus aguas riegan la fértil región de Tadla, la zona agrícola más rica del país, beneficiando a una extensión de más de cien mil hectáreas de terrreno.

Pasado el embalse, en cuyas proximidades hay minuciosos controles policiales, se sube un pequeño puerto para luego asomarnos a esa zona agrícola de Tadla. La verde y cuadriculada llanura que se extiende alrededor de Afurer, con sus ricos cultivos de cereales y algodón, forman un bello paisaje que no se olvida fácilmente.

Continuamos luego el viaje de regreso siguiendo la ya conocida carretera que, proveniente de Fez y Mequinez, nos devuelve a Marraquech.

lunes, 18 de enero de 2010

HAITÍ DEVASTADO

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¡POR FAVOR, AYÚDAME!

Los gallegos de Madrid, reunidos bajo el lema "Madrigallegos solidarios" quieren contribuir en la medida de sus fuerzas a paliar la catástrofe de Haití. Para ello han formado un grupo inicial de colaboradores que, en nombre de todas las asociaciones de gallegos de Madrid, pueda coordinar la ayuda y dirigirla hacia los necesitados. El grupo, al que puedes apuntarte cuando quieras, está formado inicialmente por:
  • Andrés Ramos
  • Carlos de Blas Armada
  • Ovidio Cadenas
  • Manuel Seixas
  • Melquiades Álvarez y
  • José Cerdeira
En el blog http://madrigallegossolidarios.blogspot.com/ podrás encontrar la información oportuna de las distintas actividades que se vayan realizando. En todo caso, desde este momento queda abierta en Caixa Nova una cuenta corriente con el número: 2080 0590 01 0040004173 para que podáis colaborar directamente. Los ingresos en esta cuenta podéis hacerlos de forma anónima o nominal, entendiéndose en este caso que aceptáis la posible difusión de vuestro nombre. En principio, los fondos recaudados serán entregados a Cáritas.

En nombre del pueblo de Haití, gracias por vuestra colaboración.

domingo, 10 de enero de 2010

Las cascadas del Uzud

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Una vez cumplida la tarea de mover los viejos molinos, las aguas del Uzud se precipitan, cayendo raudas y libremente por un desnivel calcáreo de más de cien metros de profundidad. Desde arriba, desde donde están los molinos, el agua desaparece rápidamente bajo nuestros pies, mientras que una nube de finísimas gotas sube aureolada por los colores de múltiples arco iris. El ruido llega sordo y lejano, como proviniendo del centro de la tierra, y las piernas tiemblan porque el sitio es peligroso y porque a nadie se le ocurrió poner un pequeño quitamiedos.
A pesar de estar en plena montaña, los termómetros rondan los cuarenta grados. Bajo este sol, sudorosos, nos acercamos a la autocaravana: es la hora de comer.



Una vez alimentados, cuando en España es la hora de la siesta, retornamos a la zona de la cascada, ahora con el propósito de bajar hasta el fondo de la depresión, donde las aguas chocan con estruendo. Un camino zigzagueante y polvoriento va descendiendo la ladera dejando en cada recodo pequeños tenderetes de refrescos, de comidas, o de recuerdos. Aquí y allí, tiendas de camping se instalan libremente, a veces al lado de un pequeño puesto de comida que expone, orgulloso, la señal de camping. Un pequeño arroyuelo de escasas aguas, que va recorriendo los distintos puestos alimenticios, es aprovechado para introducir en él las botellas de bebidas con la esperanza vana de que se enfríen. A veces, los dueños de las tiendas aprovechan el arroyo para regar el sendero y evitar, al menos durante un rato, tanta polvareda. Luego, las aguas sobrantes del riego retornan embarradas a su cauce para, tal vez, ser usadas más abajo en la confección de un suculento guiso.

A mitad del gran desnivel el chorro de la cascada choca violentamente con una roca a la que los más atrevidos e imprudentes acceden para sentir sobre su piel el impacto salvaje de las aguas salpicadas (el acceso hasta el chorro principal es imposible). Luego, en una segunda caída, llega hasta el fondo, hasta el estanque natural donde morenos jóvenes nadan desafiando el peligro. Los más osados escalan los farallones laterales desde los cuales, a más de veinte metros de alto, saltan temerariamente sobre la rocosa piscina natural, arriesgándose a fallar el salto y caer sobre una zona de insuficiente profundidad.

Luego, cuando la tarde avanza y la noche cae, los bosques y acantilados cobran nueva vida. Decenas de pequeños monos del Atlas salen de sus escondrijos y se pasean entre este paisaje boscoso de grandiosa belleza.



En conjunto, la cascada es impresionante, y lo sería más si no fuera porque en esta época del año la cantidad de agua es algo reducida, pero, aun así, vale la pena.

Dado que la noche se nos hecha encima y, vista la buena experiencia de nuestra acampada libre en el anterior paso por el Atlas, pensamos que nada mejor que repetir. Nuevamente colocamos nuestras caravanas en círculo para protegernos de los "indios", que en esta ocasión no pasaron de ser ovejas, y, ¡a dormir!

sábado, 19 de diciembre de 2009

El Uzud y sus molinos

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Las cataratas del Uzud en agosto

Es casi mediodía cuando llegamos al valle del Uzud. Buscamos desesperadamente una sombra en donde aparcar pero el objetivo no es fácil. Muchos optan por dejar el vehículo al sol mientras, los menos, optamos por alejarnos de la zona, adentrándonos en el valle hasta conseguir una sombra que, si no completa, al menos alivia. Un camino polvoriento nos comunica con el resto del grupo, en las proximidades de la gran cascada.

En la parte alta de la cascada, las aguas del ued Uzud son desviadas por estrechas acequias y conducidas a pequeños rápidos. Allí, viejos molinos, en el interior de reducidas cabañas, cumplen todavía su noble función de triturar el grano basándose en técnicas antiquísimas.



Una espuerta, suspendida del techo por cuatro cuerdas, con una salida por su parte inferior, vierte el grano sobre un estrecho conducto de madera que, agitado por el roce con la áspera superficie de la muela, va dejando caer el grano poco a poco. La muela, de eje vertical, va expulsando hacia el exterior la harina ya molida gracias a las acanaladuras gravadas helicoidalmente en la piedra giratoria, harina que se va amontonando alrededor del conjunto y que será luego recogida manualmente. Tal vez el sistema sea antiguo y poco eficaz (no más de doce kilos de harina al día) pero su tipismo provoca nostalgia por unos tiempos, ya pasados, nostalgia que quedará gravada en mi memoria... ¡Pequeños y bellos molinos del Uzud, fósiles de una época ya muerta!

domingo, 13 de diciembre de 2009

La cara Norte del Atlas

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Son las nueve de la mañana (hora marroquí, hora solar) cuando abandonamos Marraquech con dirección Este, para recorrer parte de la cara Norte del Atlas. Pasados unos pocos kilómetros, nos detenemos en una estación de servicio para completar el aprovisionamiento, llenar los tanques de combustible y revisar las presiones de los neumáticos. Luego, por la carretera de Beni Mellal, buena pero con mucho tráfico, llegamos hasta Tamelelt-el-Kdima donde la abandonamos para tomar la que ha de llevarnos hacia Demnate, en pleno Atlas.

Las mujeres de esta ciudad son muy bellas y muy blancas. Y, siempre que pueden, conceden sus favores a los extranjeros, sin que luego se sepa nada de ello... 
León el Africano

Imi N'Ifri: Más allá de Demnate, la carretera se va convirtiendo en una estrecha pista de montaña que serpentea hacia los últimos duares del Atlas. Seguimos esta pista durante unos seis kilómetros hasta que aparcamos en la explanada que antecede a un pequeño e intranscendente restaurante. Al su lado, el impetuoso torrente Mahser cruza la carretera bajo un gran puente natural, que él mismo horadó en la roca caliza, y sobre el que hemos aparcado nuestro vehículo.

Por un sendero zigzaguante descendemos al profundo barranco y, ya a orillas del río, lo seguimos bajo una inmensa bóveda llena de estalactitas que recuerdan las mucarnas de los techos saadíes. El sendero que cruza bajo el puente es difícil de seguir, siendo necesario saltar de roca en roca para evitar el torrente, pero el esfuerzo merece la pena. Bajo esta grandiosa mezquita natural, miles de cuervos negros cruzan el aire en lo que parecen arriesgados ejercicios acrobáticos. En los charcos que se forman delante de pequeñas cuevas, parece que toman baños nocturnos las mujeres de pueblos cercanos en busca de un poco de baraca.

El retorno, por el empinado sendero que sube hasta el puente, nos hace sudar lo indecible, pero nuestro camino ha de continuar por estas carreteras llenas de niños, como todas las marroquíes, hasta el siguiente destino.

martes, 10 de noviembre de 2009

Semlalia

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Esa quinta que ves se llama Semelalia -dijo el Sultán-. Te pertenece. Yo te hago donación de la casa y de la tierra y de cuantas plantas y animales cobija...

Estas palabras, puestas en boca del sultán Muley Soleyman por Ramón Mayrata y supuestamente dirigidas al español Domingo Badía, alias Alí Bey, reflejan la influencia alcanzada en Marruecos por este español universal, ilustrado y audaz que, al servicio de la ciencia por voluntad propia, y al servicio de Godoy por razones de supervivencia, pudo haberse convertido en príncipe de los seguidores occidentales del Profeta. El plan estaba ultimado. Y Ramón Mayrata nos habla ahora por boca del propio Alí Bey:

Si el sultán aceptaba mi proposición, descenderíamos juntos al pie de las murallas de Marraquech y penetraríamos en la ciudad al frente del ejército libertador. De lo contrario, ¿quién se podría oponer a que yo mismo ocupara el trono y garantizara desde él el rumbo hacia la libertad?



Los pachás de Haha, de Chiadma y del Sus serían los principales apoyos del audaz aventurero, pero contaba con una milicia sólo propicia para hacer correr la pólvora, lo menos parecido a un ejército eficaz:

Los guerreros se perseguían y disputaban en locas cabalgadas. Sus siluetas se retorcían en cabriolas inverosímiles sobre el cuerpo sin fijeza de los animales. De pronto eran testuz, ijares, cascos, cola, siempre estela de un movimiento incesante que acabó por envolverme junto a mi comitiva.

Pero Alí Bey se puso manos a la obra:

Empleé el tiempo de mi estancia en Mogador en convertir las escaramuzas y cabalgadas de aquel ejército en maniobras militares ordenadas.



Al final, los apoyos ofrecidos por Godoy y Carlos IV no llegaron y la operación no prosperó. Nuestro paisano hubo de abandonar precipitadamente las aspiraciones de libertad para un pueblo al que ya amaba y sufrir las consecuencias de la derrota buscando sitio entre la miseria de Marraquech:

El espectáculo que se mostró ante mis ojos era sobrecogedor. En los numerosos patios que rodeaban la mezquita, cientos de cuerpos retorcidos como carne quemada, se apretujaban sobre paja tibia y maloliente, bajo las arcadas ennegrecidas por el humo de las fogatas.

Heridas y cicatrices, muñones, huesos desencajados, todas las formas inverosímiles que adopta el dolor humano se irguieron en cuanto descubrieron mi presencia.

La imagen ofrecida por R. Mayrata puede ser más o menos afortunada pero, en todo caso, la influencia que Alí Bey ejerció sobre el sultán Muley Soleyman fue indiscutible. Hoy, al Noreste de Marraquech, ya no queda nada de la quinta en que Domingo Badía compartió alegrías y preocupaciones con la bella Mohanna. Hoy, sólo el nombre de una calle, en el camino que va a Casablanca, mantiene vivo el nombre de Semelalia. Numerosos hoteles y edificios de apartamentos han tomado aquí asiento y de los europeos que los ocupan pocos sabrán quien fue Alí Bey el Abasí.

Y así completamos nuestra visita a Marraquech. Ahora nos vamos. Pero algún día, Inch Alá, volveremos.

martes, 3 de noviembre de 2009

El palacio de El Badia

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De entre los numerosos palacios marroquíes, éste, mandado construir por Ahmed el Dorado, debió ser, sin duda, el más grandioso de todos. Cuando estuvo finalizado, el poderoso Sultán pidió a uno de sus bufones la opinión que le merecía tan grandiosa obra. Oh, creo que, cuando sea demolido, dará un precioso montón de escombros... - predijo. Y acertó. Unos cien años más tarde, el sanguinario sultán alauita Muley Ismail lo utilizó como cantera desde la que suministrar materiales nobles a sus construcciones de Mequínez, dejándolo convertido en una bella ruina.



Hoy, el Badia es sólo un escenario incomparable sobre el que cada primavera tiene lugar uno de los espectáculos más vistosos del mundo, el festival nacional de folklore marroquí.

martes, 27 de octubre de 2009

Marraquech III

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Temprano, cuando la vieja medina parece que aún no se ha despertado del todo, aprovechamos nosotros para hacer el recorrido exterior de las murallas. El sol mañanero hace todavía más dorado al ya de por sí amarillento barro de que están construidos estos grandes muros, a los que la ausencia de vida da un aspecto misterioso e intimidatorio. Las sucesivas puertas van taladrando la alargada pared, mientras por los caminos de acceso aparecen los primeros carros, tirados por burros, que cargados con alimentos se dirigen a los numerosos zocos de la ciudad. Bab el Khemis, Bab Kechich, Bab Debbarh... Estamos ante el barrio de los curtidores.

Si en Fez hay hasta cuatro comunidades de curtidores, aquí el número se reduce a dos. Una de ellas, la de los árabes, trabaja las pieles de camello y cordero; la otra, la de los bereberes, se centra en las pieles de vaca. Las pieles son sumergidas una y otra vez sobre apestosos líquidos por unos hombres que, semidesnudos, realizan un trabajo duro, sino inhumano. A los productos de curtiduría que llenan los fulones se les añaden a veces colorantes mientras que otras se curten las pieles tal cual, sin ese añadido, obteniendo pieles con sus colores naturales. Cuando toca color, los turistas están de enhorabuena, cuando no es así surge una pequeña decepción que se funde rápidamente con el olor fuerte, nauseabundo, que los practicantes de tan duro oficio parecen no notar.
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Después de Bab Debbarh, la puerta que conduce a las curtidurías, pasamos Bab Ahmar, por donde se entra a los inmensos jardines del Aguedal. Aquí, al Sur de la medina, se sitúan los principales palacios marracusíes: Dar el Beida, palacio real, palacio de Bahia y los restos del más grandioso de todos, el palacio de Ahmed el Mansur.

sábado, 10 de octubre de 2009

Jardines Majorelle, en Marraquech

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Jacques Majorelle

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Jacques Majorelle fue, al parecer, un pintor francés de principios de siglo. Pero uno, en su incultura, no tenía ni idea de su existencia. Ahora sé que tenía un gusto exquisito. El bellísimo jardín que se preparó como residencia en las afueras de Marraquech, hoy restaurado por el modisto Yves Saint-Laurent, dejará en mi mente un recuerdo imborrable. Esos azules intensos, vivos, entre el verde de una vegetación exuberante, las pérgolas y cenadores, la musiquilla de miles de pájaros, la fresca sombra... ¡Qué bonito...! ¡chapeau, monsieur!
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Y ahora, cuando la noche cae sobre Marraquech, es hora de retornar al camping. Mañana, muy de mañana, continuaremos nuestro recorrido por esta ciudad mágica.

lunes, 5 de octubre de 2009

jueves, 1 de octubre de 2009

Visita guiada por la vieja medina de Marraquech

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La vieja medina, un lugar de otro mundo. Entre olores de azafrán, de comino, de pimienta negra, de gengibre, de verbena, de clavo, de flores de naranjo que arrebatan el olfato. Aquí se amontonan sacos de almendras, cacahuetes, garbanzos..., cestos de dátiles, toneladas de aceitunas. En las estanterías de los boticarios se desbordan los tarros de alheña, de gazul, los frascos de extractos de rosas, de jazmín, de menta, de khol, los trozos de ámbar, de almizcle...

Oficina de Turismo Marroquí, Marraquech.
 
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Después de las dificultades que tuvimos esta mañana para recorrer, por nuestra cuenta, la medina, decidimos buscarnos un guía para esta tarde. Hay miles porque, en Marruecos, todo el mundo es un guía potencial. Lo difícil es concertar el precio: "la voluntad, lo que quieran darme" dicen. Sea, pues, pero dejamos claro que nada de llevarnos a tiendas... concertadas.

Comenzamos nuestro recorrido por el Suk Smarine, calle estrecha y animada, como todas, para entrar luego en ese laberinto de callejas, más parecido a un hormiguero que a una ciudad, en el cual perdemos completamente el sentido de la orientación. Pasamos fuentes, y qubbas, y plazuelas, y zocos... y llegamos a la madrasa Ben Yussef en cuya puerta hay una inscripción en azulejos que dice:

He sido edificada para las ciencias y la oración por el príncipe de los creyentes, el jerife Abdallah, el más glorioso de los califas.
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Nos gusta mucho esta grandiosa universidad coránica. Dicen que es una de las mayores y más bellas de Marruecos, y debe ser verdad. Su decoración, elegante y recargada, de influencia claramente andalusí, mezcla el estuco con la madera y el mármol con los zel-lig, formando un conjunto único. En el patio está la fuente para las abluciones, hecha en mármol blanco, y, a su alrededor, las galerías con las celdas de los estudiantes más afortunados. El resto de las ciento treinta habitaciones estudiantiles dan a patios menores, cuando no a meros pasillos, disfrutando de una iluminación mucho más escasa. Sin embargo, la abundancia de decoración es similar y las numerosas tallas, en madera de cedro, mantienen una calidad indudable.

En las estrechas calles de la medina hace tiempo que la sombra lo ha inundado todo. Es el momento de llegar a un acuerdo con nuestro guía aficionado y, taxi de por medio, acercarnos a visitar alguno de los conocidos jardines de esta capital del Sur. Debería ser fácil llegar a un acuerdo cuando el pacto ha sido "la voluntad" pero, ni mucho menos. ¡Menudo chou montamos! Nuestra voluntad resulta ser de unos veinticinco dirhams, pero... el buen hombre comienza a gesticular, a hacer grandes aspavientos como dando a entender que está ante uno de los mayores abusos que nunca los tiempos han presenciado. Nosotros nos miramos intentando ver algún gesto en las caras ajenas que sirva para saber qué hacer... Y el moro se niega a coger tan ridícula cantidad de dinero. "¿Le damos cuarenta?, yo creo que ya está bien..., por un par de horas..." Le ofrecimos los cuarenta, pero tampoco queda satisfecho. La situación es de cierto bochorno... "Dile que, o cuarenta o nada..." Y el cara, por si acaso, toma el dinero en su mano, pero luego sigue quejándose...
 
Amigos míos, si venís a Marruecos, nunca pactéis con alguien la voluntad, porque, con veinte dirhams aquel hombre hubiera quedado encantado al principio del recorrido, pero luego, dignidad al margen, sabe que un poco de teatro ablanda los corazones inseguros de cualquier turista y...

Un oasis en el centro de Marraquech

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Detalle del alminar de la mezquita de las Manzanas de Oro, con la típica decoración a base de pequeños arcos ciegos entrelazados.











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Estamos cansados, sudorosos. Las viejas medinas marroquíes resultarían perfectas si de vez en cuando se pudiera encontrar algo parecido a una cafetería europea, en donde descansar sentado, bajo un refrescante aire acondicionado y con una jarra de cerveza helada en la mano. Tal vez sea pedir demasiado, tal vez una visión así tendría mucho de espejismo, pero, después de todo, ¿no encontramos una piscina en pleno desierto? Sí..., ¿por qué no?

El centro, el corazón de Marraquech, está en su variopinta plaza mayor, en su Jemaa el-Fna. De allí sale una calle corta, con mucho tráfico, que se une, a los cincuenta metros, con la avenida de Mohammed V, calle ya moderna, de la época del gobernador francés Lyautey. Pues en esta calle corta, en el lado derecho según se sale de la plaza, ocupando casi toda la longitud de la calle, hay un muro insignificante con una puerta, no mucho más llamativa, en la cual un pequeño letrero dice Club Mediterranee. Entramos.

Niza, un decir. Una joven recepcionista que, por supuesto, sólo habla francés. Indicadores de bares, restaurantes, salones. A nuestra derecha, una gran piscina de aguas azul verdoso. Rictus de felicidad e incredulidad dibujadas en nuestras caras. La hora de comer...

- ¿Es posible comer, bañarse... ?
- Claro, claro.

Nos dividimos. Mientras unos se quedan tomando el aperitivo o disfrutando del ambiente, otros salimos a buscar un taxi. En menos de treinta minutos, y en menos de treinta dirhams, hemos ido al camping y estamos de vuelta con los bañadores...

La comida no es buena pero, ¿a quién le importa eso? También es cara, es cierto, pero, ¿cuánto se puede dar por un baño, en pleno agosto, en el centro de una medina marroquí? Como cabe imaginar, mientras los niños disfrutan en la piscina, hacemos una larga, larga sobremesa. Luego, vuelta al caos de gente, a la lucha contra los atracadores blandos, contra el calor. Sí, de nuevo la Jemaa el-Fnaa.
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En pocos minutos la plaza se llenó de gente, como una mezquita a la hora de la oración...

Se contaban bárbaras historias de amor y de celos, de fabulosos tesoros escondidos en los riads abandonados, encontrados por ancianos vagabundos o por niños ciegos; se vendía agua fresca, se enderezaba una serpiente delante de tus ojos, con ayuda de una flauta... Las múltiples ocupaciones, las innumerables combinaciones de que el humano es capaz para ganarse la vida, se encontraban en esta plaza; la magia se adueñaba de los gestos más simples.

Agustín Gómez Arcos, El Ciego.

Las tumbas Saadíes

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La sala de las columnas... Una sala salpicada de tumbas cinceladas como grandes cofres de marfil y totalmente rodeada de arabescos, desde el suelo hasta las estalactitas de la bóveda, donde el cedro está reavivado de color en algunas partes y patinado con oro... en otras.


Georges Marçais

El Marraquech monumental

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A estas alturas del viaje, quien más quien menos, comienza a notar la levedad de su cartera, por lo que la presencia de numerosos hoteles en las inmediaciones del camping provoca una peregrinación hacia sus cajeros a la búsqueda de los imprescindibles dirhams con que afrontar este nuevo día. Una vez cumplido con este requisito ineludible, continuamos nuestro viaje, a pie, por la avenida de la Menara para, por Bab el-Jedid, entrar en la medina.
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A nuestra derecha tenemos ahora uno de los más conocidos y lujosos hoteles del mundo: La Mamunia. Personajes como Rita Hayworth, Orson Welles, Catherine Deneuve, Richard Nixon, Yves Montand o Jimmy Carter ocuparon sus habitaciones. Otros, como Sir Winston Churchill, que vivió aquí durante muchos meses dedicado a su pasión favorita: la pintura, o como Alfred Hitchcock, que aprovechó para rodar aquí parte de su película El hombre que sabía demasiado, se convirtieron en clientes habituales del hotel.
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Seguimos luego, hacia la mezquita de la Kutubia, o de los libreros, cuyo minarete de 70 metros de alto marca una de las cimas del arte almohade (la torre Hassan de Rabat y la Giralda de Sevilla son las otras dos). Dice la leyenda que las enormes bolas que coronan el alminar fueron hechas con el oro de las joyas fundidas de una de las esposas de Jacub al-Mansur la cual, al parecer, había cometido algún pecadillo y deseaba hacerse perdonar por el Misericordioso. Pero las mezquitas marroquíes no son accesibles a los no musulmanes y, por otra parte, la grandiosa Kutubia está en restauración, así que nos limitamos a admirar su belleza desde el exterior, belleza que, a pesar de los andamios, no deja de manifestarse.

Y continuamos nuestro recorrido entre los olores, colores y sabores de esta medina del viejo Marruecos. Claro que, sin guía, no es fácil orientarse aquí. Sin embargo, nosotros, seguimos por nuestra cuenta, en solitario, a la búsqueda de las tumbas Saadíes... El alto alminar de la mezquita de Las Manzanas de Oro nos sirve de referencia, así que conseguimos llegar hasta las puertas, casi contiguas, de Bab Agnau y Bab er-Rob, al lado ya de la mezquita. Las tumbas Saadíes fueron ocultadas por el sultán Mulay Ismail tras un alto muro, pudiendo accederse a ellas solo a través de un pasadizo secreto desde la propia mezquita. Actualmente se ha construido un estrecho pasillo exterior que permite a los no musulmanes visitar el monumento al no tener que pasar por la mezquita.

Los mausoleos recogen las tumbas de trece sultanes de la dinastía saadí así como tumbas de parte de sus familiares más próximos. Su belleza es extraordinaria. Su decoración, un tanto oculta por una iluminación escasa, nos trasporta mentalmente a la alhambra granadina.
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Llegar desde aquí hasta Dar el-Badi parece cosa fácil, y quizá lo sea, no diré que no, pero... ¡media hora llevamos dando vueltas en no más de cien metros cuadrados...! ¡y siempre llegando al mismo sitio! Acabada la paciencia, y, dado que es casi mediodía, pensamos que será mejor acercarnos a una zona donde poder comer algo. Salimos, pues, hacia el amplio mechuar de Dar el-Majzen (el palacio real) y, desde aquí, tomamos un taxi hasta la plaza de Jemaa el-Fna.

Miradas de Marraquech

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La Yamaa el-Fna

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Pirámides de almendras y nueces, hojas secas de alheña, pinchos morunos, calderos humeantes de harina, sacos de habas, montañas pringosas de dátiles, alfombras, aguamaniles, espejos, teteras, baratijas, sandalias de plástico, gorros de lana, tejidos chillones, cinturones bordados, anillos, relojes con esferas de colores, tarjetas postales marchitas, revistas, calendarios, libros de lance, mergueces, cabezas de carnero pensativas, latas de aceituna, haces de hierbabuena, panes de azúcar, vociferantes transistores, trebejos de cocina, cazuelas de barro, alcuzcuceros, cestas de mimbre, chalecos de cuero, bolsos saharauis, cofines de esparto, artesanía bereber, figurillas de piedra, cazoletas de pipa, rosas de arena, pasteles mosqueados, confites de coloración violenta, altramuces, semillas, huevos, cajas de fruta, especias, jarras de leche agria, cigarrillos vendidos por unidades, cacahuetes salados, cucharas y cazos de madera, radios miniatura, casetes de Xil Xilala y Noss-el-Ghiwán, prospectos turísticos, fundas de pasaporte, fotografías de Pelé, Um Kalsúm, Faried-el-Atrach, Su Majestad el Rey, un plano de la villa de París, una estrafalaria torre Eiffel.

Juan Goytisolo, Makbara.

De la Menara a la Jemaa el-Fnaa

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Pasamos por delante de Dar el-Majzen y luego, por la avenida de Humman el-Fetuaki, nos dirigimos hacia el corazón de la medina.

Creo que ya lo he dicho, el caballo es flaco y parece cansado. El dueño lo fustiga continuamente intentando que siga el ritmo de las calesas que nos preceden, calesas que no tienen un caballo sino dos..., y el animal no puede. Era de esperar...

Quizá por escasez de fuerzas, quizá porque el suelo está deslizante, lo cierto es que el noble bruto se va al suelo. Bajo los latigazos salvajes del calesero, los empujones de los ayudantes voluntarios, las caras asustados de quienes seguimos en el coche, el caballo patalea una y otra vez sin conseguir incorporarse. Sus herraduras patinan sobre la resbaladiza calzada y no aparece ni un pequeño resalte en que apoyarlas para hacer fuerza.

Parece una estampa de dibujos animados en la que la gracia se hubiera congelado en la cara de los presentes. Cada latigazo levanta ampollas en nuestros corazones, nos recuerda un mundo duro y descarnado, un mundo desagradable. Ahora de pie, en la acera, somos incapaces de echar una mano. Claro que, muchas otras manos, más capaces y expertas que las nuestras, se multiplican ayudando: sueltan la calesa y tiran de los arreos hasta que, por fin, se restaura el equilibrio.

Camino de la gran plaza nuestra mente se mantiene ausente, saturada, confusa. ¿Deberíamos bajarnos? ¿Deberíamos pagar a este buen hombre para que se vaya a su casa y deje descansar al caballo? ¿Serviría de algo? Posiblemente, no. Volvería al camping a cargar de nuevo... Tal vez, también a él le duela todo ésto, si no en las piernas, sí en los estómagos de unos niños que dejó esperando... pero, por ellos, debe continuar. Y a cada nuevo latigazo, cerramos los ojos y contenemos la respiración...

Por fin, la plaza. Con los pies ya en el suelo, pagamos en silencio nuestros treinta dirhams y nos vamos sin mirar atrás.

La noche va cayendo sobre Marraquech. Desde la terraza del Café de Francia se divisa el mercado con circo y verbena incorporados de la Jemaa el-Fna, la plaza más vibrante, el centro más vivo de Marraquech. Su nombre, sin embargo, no es muy coherente: Jamaa el-Fna significa asamblea de muertos, ni más ni menos. Y es que, aquí, en este preciso lugar, se exponían las cabezas cortadas de los que habían caído en desgracia ante el Sultán.

Hoy, el sultán ya no quiere ser sultán, sino rey, y la gente ha tomado la plaza convirtiéndola en el escenario de todas las actuaciones callejeras. Todo el alma del Sur está aquí, en los círculos de curiosos que, con la movilidad de las humaredas, de la mañana a la noche, se hacen y se deshacen en torno a algunos titiriteros, dice Jean Tharaud.

La noche ha cubierto Marraquech. Pero, en la distancia, aún se distinguen, someramente iluminados, los alminares de la Kutubia y de la mezquita de las Manzanas de Oro.